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    Un día de cólera

    Arturo Pérez-Reverte, 2007

    Eso es lo que fue el 2 de Mayo de 1808 en Madrid hace ya casi casi 200 años. Para los que desconozcan los detalles de esta fecha histórica, España ha sido invadida por los gabachos sin disparar un solo tiro y el enano cabrón se ha llevado a Bayona a la Familia Real. La clase dirigente queda títere del invasor, ya sea por ideología (la patria se beneficiaría mucho de los ideales revolucionarios, pero nadie quiere el derramamiento de sangre que supuso la francesa) o por simple y llana cobardía y apego al poder, de modo que el pueblo llano, harto de la situación, decide armar la marimorena. Y vaya si se arma.

    Sobre este episodio nacional se ha dicho y escrito mucho, pero Pérez-Reverte no podía dejar pasar la efeméride sin volver a hacer de Galdós redivivo, aunque, esta vez sí, marcando mucho las distancias. Hace 3 años, con lo del Cabo Trafalgar, optó por narrar la batalla inventándose un navío con toda su tripulación en medio del berenjenal que se montó, con la excusa de ser testigos de cerca y a la vez desde fuera de todo lo sucedido aquel día, mismo recurso que utilizó don Benito al situar al joven protagonista de su saga a bordo de la nave capitana de la escuadra española. Esta vez prefiere tomar un enfoque más historicista, sin inventarse tanto, casi más parecido al reportaje de guerra del que el escritor proviene profesionalmente.

    Y es que la ocasión la pintan calva como ninguna para caer en fáciles interpretaciones sesgadas de lo ocurrido en Madrid el 2 de Mayo y Pérez-Reverte intenta huir de ello como de la peste. Por eso narra en tercera persona todo el rato, desde un tiempo presente, consciente del resultado de todas las acciones del día y del trágico desenlace que tendrá, dejando bien claros los motivos de la insurrección de la plebe como los de las clases acomodadas para mantenerse al margen pero sin adoptar uno u otro bando. Y es que todo patriota que se precie saca pecho orgulloso por el valor demostrado por el pueblo español pero cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe comprender que al apoyar al hijoputa de Fernando VII frente a las reformas napoleónicas España no hizo sino cavar más honda la tumba en la que se venía enterrando desde tiempos de los Austrias, dando la espalda a la ilustración, la unidad europea y muchos otros valores que ahora con tanto empeño pretendemos lograr.

    Por todo eso a Pérez Reverte se nota que le cuesta novelar lo sucedido, porque es patriota como el que más, pero también porque conoce nuestra historia mejor que la mayoría y sabe que muchos de los males modernos, si no todos, vienen heredados desde entonces. Así que opta por una pretendida imparcialidad del formato documental, por simplemente relatar los sucesos, llegando en numerosas ocasiones a reducir el relato a listas de nombres de protagonistas, señalando su trasfondo, su contribución y su final. Sin embargo también se le nota de qué pie cojea y queda del todo claro la baja opinión que le merece la postura de aristócratas y militares aquel día. Porque una cosa es ser afrancesado por ideología ilustrada y otra muy distinta ser un ricachón acomodado que teme más a la plebe que al soldado invasor. Y desde luego lo peor que se puede ser en la vida es un militar cobarde y que se niega en redondo salir de su cuartel a dar su vida por defender la de sus compatriotas. Puede que el Estado Mayor tuviese buenos motivos para querer apaciguar la sublevación popular, pero desde luego lo que no tiene nombre es permanecer impasible una vez empezada la sangrienta represión imperial.

    Ni ficción ni libro de historia, como dicen en su promoción, pero sí una novela que merece la pena leerse aunque a ratos resulte farragosa en sus páginas más puramente periodísticas --las listas de víctimas con nombre, apellidos y domicilio están bien para ayudar al lector a identificar como personas normales y corrientes a los que tomaron las calles madrileñas, pero hay tantas que a veces dificultan la lectura; y aunque se da cumplida cuenta de todos los fusilamientos que hubo, echo en falta un recuento final de víctimas de ambos bandos, tanto de militares franceses como de civiles españoles, en combate y ajusticiados. Porque si bien abundan los detalles, es fácil que los árboles no nos dejen ver el bosque, como se suele decir-- pero que compensa con creces con esos otros momentos en los que se hunde de lleno en la novela, al lado generalmente de los artilleros, con Daoiz y Velarde y todos los que lucharon contra el francés en el Parque de Monteleón, o al principio de la jornada cuando lo de la plaza del Palacio Real y la puerta del Sol, o en las defensas improvisadas contra las cargas de la caballería pesada y los mamelucos de la Puerta de Toledo y la Carrera de San Gerónimo, respectivamente.

    Un libro, en resumen, que se disfruta leyendo y del que, al mismo tiempo, se aprende una importante lección de historia de muchísima aplicabilidad hoy en día, que no en vano también tenemos imperio, Napoleón, e invasiones a otros países a los que exportarles valores y en los que, a peser de lo buenos que son, las gentes se resisten y el pueblo toma las armas por su cuenta.

    2008-01-12 06:44 | 2 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Anónima Fecha: 2008-01-12 12:54

    Se lo han traido los Reyes a mi madre porque lo pidió. A mi no me apetecía mucho leerlo y depués de ver tu comentario sigo con la misma duda. ¿Leerlo o no leerlo? hmmmm...



    2
    De: BioMaxi Fecha: 2008-01-12 20:07

    No sé qué decirte. A mí es que es un tema que me gusta y es un escritor que me gusta, así que aunque no sea su mejor libro lo leería igualmente. Tú puedes empezar a leerlo cuando lo veas en casa de tu padre y si te enganchas te lo ventilas y si no, pues nada.



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